El dólar oficial cerró junio en $1.495, un 4% arriba del mes anterior y, por primera vez en meses, corriendo más rápido que la inflación. No es un descuido. El equipo económico dejó deslizar el tipo de cambio y reservó las intervenciones en futuros y bonos para limar los saltos bruscos, no para frenar la suba. La señal de mercado es nítida; el Gobierno deja que suba y contiene solo los movimientos exagerados.
Acá está la clave. Al Gobierno no le hace falta empujar el dólar, le alcanza con no resistirlo. Su ancla sigue siendo la desinflación, su principal activo político, y un salto que se trasladara a precios sería tirarlo por la borda. Pero dejar que se deslice, dentro de un límite, le resulta funcional: recompone competitividad de un peso otra vez caro en términos reales, le deja más pesos para renovar deuda y le da una de las pocas palancas de reactivación que le quedan. Sin urna este año, tiene tiempo para que la recuperación madure y se convierta en su principal carta de cara a 2027.